TEMA DE INVESTIGACIÓN ASIGNACIÓN N° 1. PERFIL PSICOLÓGICO DEL DELINCUENTE (AL ACECHO DEL MAL)
TEMA N° 1
AL ACECHO
DEL MAL
Por:
John Douglas y Mark Olshaker
Revista: Selecciones del Reader’s Digest, mayo 1996
John Douglas trabajó durante años en una división
poco conocida de la FBI, aspirando nada menos que para leer el pensamiento de
los asesinos y violadores múltiples. Demostró tener un don casi mágico para
elaborar descripciones de los delincuentes con pase en las pruebas. Sus
colaboradores y él fueron perfeccionando los procedimientos con cada caso, y
llegaron a perseguir y capturar algunos de los criminales más peligrosos de
nuestros días. H e aquí, en sus propias palabras, la historia de un hombre que
revolucionó la criminología e inspiró, en parte el guión de la película “El
silencio de los inocentes”.
Cuando estaba yo recién incorporado a la FBI en Detroit,
Michigan, la oficina hizo una redada de apostadores un domingo en que se jugaba
el Supertazón, el campeonato anual de fútbol americano de Estados Unidos; se
escogió esa fecha porque es en la que más apuestas ilegales se cruzan en todo
el año en el país. Aprenhendimos a más de 200 rufianes, y a mí me tocó llevar
esposado en el asiento trasero del coche a un corredor de apuestas muy
amigable.
Como me interesaba ante todo el modo de pensar de
los delincuentes y ya tenía alguna experiencia en el interrogatorio de
asaltantes de bancos, le pregunté por qué se dedicaba al hampa.
-Porque me encanta- fue la inesperada respuesta.
–Pero a un tipo listo como usted seguramente no le costaría trabajo ganarse la
vida con honradéz. –El meneó la cabeza ante mi ingenuidad y señaló la
ventanilla, que estaba mojada por la lluvia. –¿Ves esas dos gotas? –me dijo- le
apuesto a la de la izquierda llega abajo antes que la de la derecha. ¿Se da
cuenta? Para apostar no hace falta un Supertazón; con dos gotas de agua basta.
Haga lo que haga, no podrá detenernos. Así somos y ya.
Aquella breve plática me dio una lección. Aprendí
que en lo más recóndito de la mente de un delincuente hay algo que lo impulsa a
comportarse como tal. Esto habría de volverse el meollo de mis ocupaciones en
la Unidad de Ciencias de la Conducta de
la Academia Nacional de la FBI, en Quantico, Virginia. Más tarde utilizaría
el término “firma” para referirme a este impulso personal y característico, que
es invariable, a diferencia del modus operando,
que puede cambiar.
Cuanto más interrogaba a los delincuentes, mayor era
mi conocimiento sobre la forma en que los más astutos maquinan sus fechorías.
Los ladrones de bancos avisados, por ejemplo, acostumbran visitar los
establecimientos con anticipación, no sólo para conocer su disposición física,
sino también para averiguar en cuáles trabajan sólo mujeres. Y una vez, que dan
el golpe tienen mucho cuidado de llevarse consigo la nota en la que han
advertido del atraco al personal.
Cuando se reconocen estas pautas de conducta, es
posible tomar medidas para atrapar a los maleantes. Como yo sabía que a los
atracadores no les gusta robar bancos que no hayan visitado antes, mis colegas
y yo pedimos al personal bancario que anotara la matrícula automovilística de
cualquier desconocido que acudiera a hacer operaciones comunes, como cambiar
billetes por moneda fraccionaria.
También dimos instrucciones a los cajeros para que
durante los atracos dejaran caer “nerviosamente” la nota del asaltante, la cual
constituye una prueba valiosa. Tras
implantar estos sencillos procedimientos, redujimos de manera notable el número
de atracos en Detroit, y en Milwaukee, Winsconsin, ciudad ésta última donde
viví varios años.
Conocí a mi esposa, Pam, en Detroit y, una vez que
nos casamos, yo me mudé a Milwaukee y más tarde ella me alcanzó.
Allí me concedieron una serie de honores por
resolver robos bancarios, pero lo mejor que me ocurrió fue el nacimiento de mi
hija mayor, Erika. Yo dedicaba largas jornadas al esclarecimiento de los
atracos, y por la noche asistía a unos cursos de posgrado. La recién nacida
representó aun menos horas de sueño para mí, pero Pam se hacía cargo de ella.
La paternidad fue un estímulo para mi ambición profesional, y conseguí una
recomendación de mi jefe para asistir a un curso de negociación con
secuestradores, el cual se impartía en la Academia Nacional de la FBI.
Aquellas dos semanas cambiaron el rumbo de mi vida;
fueron mi primer contacto con el moderno campo de las ciencias de la conducta delictiva, y quedé encantado, además de que
causé una impresión favorable a mis profesores; tanto, que en junio de 1977 me
invitaron a incorporarme a la Unidad de
Ciencias de la Conducta de la academia para enseñar a agentes y otros
estudiantes la psicología y la motivación de los delincuentes violentos.
Desde el principio me sentí incómodo con la tarea.
Por una parte, debía exponer casos de los que no tenía conocimiento de primera
mano; por la otra, ni siquiera representaba los 32 años que tenía. Entonces,
¿con qué autoridad iba yo a dar lecciones a unos agentes de más edad y
experiencia?
Estas preocupaciones habrían de llevarme a la
siguiente –y más sombría- etapa de mi vida.
CON OJOS DE
ASESINO
En 1978 mi mentor, Rob Ressler, y yo comprendimos
que nuestros cursos de psicología criminal eran teóricos, que de poco servían a
los agentes para hacer atenciones. Sugerí que, como casi todos los homicidas
múltiples cuyos casos exponíamos vivían aún, quizá valdría la pena
interrogarlos sobre los motivos que había tenido para matar y sobre su propio
sentir en torno a la comisión de los delitos.
El primer asesino con el que decidimos hablar de Ed
Kemper, quien estaba purgando varias condenas de cadena perpetua en California.
Nos pareció un candidato idóneo porque en la academia habíamos estudiado su
caso sin habernos entrevistado jamás con él.
El caso estaba bien documentado. Edmund Emil Kemper
nació el 18 de diciembre de 1948 en California. Como la mayoría de los asesinos
reincidentes, se crió en el seno de una familia disfuncional cuyos padres
reñían constantemente.
Con el tiempo se divorciaron, y la madre mandó a Ed
a vivir a la apartada granja de sus abuelos paternos.
Cuando el corpulento muchacho tenía 15 años, disparó
contra su abuela y luego la apuñaló porque ella insistía en que la ayudara con
las tareas domésticas. Después le pegó un tiro a su abuelo y dejó el cadáver
tendido en el jardín. Las autoridades lo internaron en una institución para
psicópatas.
Lo soltaron cuando tenía 21 años pese a la oposición
de los psiquiatras forenses, y lo pusieron al cuidado de su madre.
Para entonces ya medía 2.05 metros de estatura y
pesaba unos 135 kilos.
El 7 de mayo de 1972 recogió en su coche a dos
muchachas de la Universidad Estatal de Fresno, las llevó a un sitio retirado y
allí las mató a puñaladas. Luego trasladó los cuerpos a casa de su madre, les
sacó fotografías, los descuartizó y enterró los restos en un cerro de las
inmediaciones. En unos cuantos meses asesinó a tres universitarias más y a una
chica de 15 años.
Mientras se entregaba a esta orgía criminal acudió a
una de las evaluaciones psiquiátricas a las que debía someterse con
regularidad, y fingió tal lucidez que según los peritos que lo examinaron, ya
no representaba una amenaza para sí mismo ni para los demás. Ese día llevaba en
el portaequipaje de su coche los restos de su víctima más reciente.
Finalmente, Kemper mató a su madre y a una amiga de
ella; lo aprehendieron, confesó todos sus crímenes y lo declararon culpable de
ocho asesinatos en primer grado. Cuando le preguntaron qué castigo pensaba que
merecía contestó: “La muerte por tortura”.
Kemper accedió de buen grado a conversar con Bob y
conmigo. Entrar en una penitenciaría de alta seguridad es escalofriante,
incluso para un agente de la policía federal.
Hay que entregar la pistola y firmar un documento
que exime a las autoridades carcelarias de toda responsabilidad en caso de que
se produzca un motín y que quede uno secuestrado.
Lo primero que me llamó la atención cuando llevaron
a Kemper al cuarto de entrevistas fue su falta descomunal; fácilmente habría
podido quebrarnos los huesos a Bob y a mí.
Llevaba el pelo, castaño oscuro, un poco largo;
tenía un tupido bigote e iba vestido con una camisa de faena desabotonada que
dejaba ver su prominente abdomen bajo una camiseta blanca. Poseía una
inteligencia sobresaliente; de acuerdo con los registros de la prisión, su
cociente intelectual era de 145.
Nos contó que su madre siempre lo había odiado, pues
desde niño se parecía a su padre. Cuando cumplió diez años ya era un gigante
para su edad. Como su madre temí que pudiera abusar sexualmente de su hermana,
lo hacía dormir en un sótano que no tenía ventanas, junto al horno de la
calefacción.
Recluido como un reo y obligado a sentirse culpable
y peligroso cuando nada malo había hecho, se obsesionó con la idea de matar.
Hacia el momento de la separación definitiva de sus padres, mató y descuartizó
a los dos gatos de la familia.
Más tarde averiguamos que la crueldad infantil hacia
los animales es el rasgo principal de los tres que caracterizan la personalidad
del asesino en cierne (luego llamada “triada
del homicida”); los otros dos son la piromanía y la enuresis (incontinencia
urinaria durante el sueño pasada la edad en que esto es normal).
Irónicamente, Kemper trató una vez de entrar a formar
parte de la Policía de Caminos de California, pero lo rechazaron. También esta
característica resultó común a muchos de los asesinos y violadores múltiples a
los que estudiamos más adelante. Si se tiene en cuenta que la mayoría de ellos
son individuos fracasados y resentidos, no es de extrañar que en algún momento
se ilusionen con la idea de hacerse policías, que son representantes de la
autoridad e inspiran respeto.
Al no ser admitidos en el cuerpo policial, los
maleantes suelen conseguir empleos sustitutivos, quizá como veladores o
guardias privados, y muchos se hacen de vehículos parecidos a los policiacos.
Además, un gran número de infractores reincidentes
admiran a los guardianes del orden. Kemper nos contó que él frecuentaba los
sitios de reunión de los agentes y entablaba conversación con ellos, lo cual no
sólo lo hacía sentirse parte del grupo, sino que le proporcionaba información
reservada sobre el avance de las investigaciones de sus crímenes.
Es espantoso lo que él y otros delincuentes violentos
padecieron en la niñez, pero estoy convencido de que casi todos son
responsables de sus actos. Siguen el camino del delito por elección y deben,
por tanto, afrontar las consecuencias. Por otra parte, el hecho de que observen
buena conducta en prisión no forzosamente indica que seguirán haciéndolo si se
les deja en libertad, aunque algunos jueces, abogados defensores y psiquiatras
sostengan lo contrario.
Kemper se salió con la suya ocho veces porque
constantemente refinaba su técnica. Todas las circunstancias de sus crímenes,
desde discurrir la manera de atraer a sus víctimas al coche, eran desafíos para
él. Según nos contó, cuando se detenía para recoger una chica que le pedía que
la llevara, le preguntaba a dónde iba y luego miraba su reloj para hacerle creer
que tenía prisa.
Al dar la impresión de ser un hombre ocupado, con
cosas más importantes que hacer, se ganaba la confianza de la chica. Esto nos
reveló otro hecho significativo: nuestro proceder habitual de juzgar a los
desconocidos por sus palabras y ademanes no sirve de nada cuando se trata de
psicópatas.
Tuvimos varias reuniones con Kemper y otros
delincuentes violentos. Cuando habíamos realizado una decena de entrevistas,
nos quedó claro que íbamos por buen camino.
La doctora Ann Burgess, una de las expertas en
violación más reconocidas de Estados Unidos, quedó impresionada al oír hablar
de nuestro trabajo y pensó que, si colaborábamos los tres, podríamos
revolucionar la comprensión de la conducta criminal. Ann obtuvo una subvención
del Instituto Nacional de Justicia, con lo cual se puso en marcha el Proyecto
de Investigación de la Personalidad Criminal.
Luego de un minucioso estudio de 36 presidiarios,
consideramos que estábamos en condiciones de deducir el perfil psicológico de los asesinos con base en las pruebas dejadas
en el lugar de los hechos, lo que aumentaría nuestra eficiencia para
aprehenderlos y procesarlos. Con la publicación de nuestro libro “Sexual
Homicide:Patterns and Motives” (Homicidio Sexual: pautas y motivos), el
análisis criminológico entró en la era moderna.
Ya sabíamos que los asesinos múltiples aprenden de
su experiencia, pero al parecer sus perseguidores comenzábamos a aprender más
de prisa que ellos.
“¡QUÉ
DISPARATE!”
En otro tiempo la mayoría de los delitos violentos,
como el homicidio, se daban entre personas conocidas y como consecuencia de
sentimientos que todos llegamos a experimentar (cólera, codicia, celos, sed de
venganza); sin embargo, en la actualidad es cada vez mayor el número de
crímenes perpetrados contra extraños, y en años recientes ha proliferado una
peligrosa casta de transgresores: los asesino y violadores múltiples. Como
estos criminales no conocen a sus víctimas y tienen móviles complejos, son los
más difíciles de atrapar.
Por extraño que parezca, la única forma de hacerlo
es pensar como ellos, adentrarse en su mente de cazadores. No es una empresa
fácil ni grata, pero es la que hemos aprendido mis compañeros de la FBI y yo.
Uno de los primeros casos en que intervine comenzó
en agosto de 1979 con la desaparición de Edda Kane, ejecutiva bancaria de 44
años que había ido de excursión a una abrupta ladera que da a la bahía de San
Francisco. Al ver que se hacía de noche y ella aún no regresaba, su esposo
llamó a la policía, y la tarde el día siguiente hallaron el cadáver de la
señora, desnudo y de rodillas, como si estuviera suplicando todavía que no le
quitaran la vida. La habían asesinado de un tiro en la nuca.
En marzo del año siguiente se halló en la misma zona
el cuerpo de un joven de 23 años, y en octubre, el de una deportista de 26 años
con un impacto de bala en la sien derecha. Después en un mismo día de
noviembre, se encontraron los cadáveres de tres mujeres y un hombre en un
parque situado más de 30 kilómetros al norte de San Francisco, hallazgo que suscitó
una oleada de indignación.
Aunque la opinión pública presionaba más y más para
que se atrapara al culpable, la policía no sabía qué hacer.
Varios testigos declararon haber visto a las
víctimas en compañía de un hombre poco antes de ocurridas las muertes, pero sus
descripciones del sujeto diferían. Pese a los afanes conjuntos de diez agencias
policiales y la oficina local de la FBI, no había pistas del homicida.
Entonces los investigadores se pusieron en contacto
con la Academia Nacional de la FBI, donde yo estaba perfeccionando una técnica
de averiguación policíaca llamada especificación
de la personalidad criminal. Como era el único miembro de la Unidad de
Ciencias de la Conducta que dedicaba toda la jornada al esclarecimiento de
delitos, me enviaron a San Francisco.
Allí comencé por revisar los informes policiales y
fotografías de los lugares de los hechos. Me llamó la atención, en particular,
la observación de un investigador de que todos los asesinatos se habían
perpetrado en sitios solitarios y muy arbolados. Expuse mis conclusiones ante
un nutrido grupo de policía reunidos en una sala de conferencias. Al pasar la
mirada por los asistentes, noté que muchos tenían pelo cano: eran expertos
jubilados a los que se había sacado de su retiro con tal de dar con el asesino.
En mi opinión se trataba de un sujeto antisocial con
poca confianza en sí mismo. Como carecía de poder de convencimiento y todas sus
víctimas tenían buena condición física, su única manera de someterlas había
sido asaltarlas por sorpresa por la espalda.
Supuse que procedía de una familia perturbada y que
ya había cumplido alguna condena de cárcel por violación, o, más probablemente,
por tentativa de violación. Para haberse decidido a matar, debía de encontrarse
bajo la presión de un hecho desencadenante, como el nacimiento de un hijo o la
pérdida de su mujer. Era blanco, pues todas las víctimas lo eran, y estos
crímenes generalmente se dan entre individuos de la misma raza.
La contundencia de sus ataques y el hecho de que
hubiese eludido a la policía me hacían pensar que no era joven (de 35 años, por
lo menos), y que tenía un cociente intelectual muy superior al promedio. Era
probable que en la niñez hubiera presentado enuresis, piromanía y crueldad con
los animales, o al menos dos de estos tres rasgos.
-Y otra cosa- añadí tras un intencionado
silencio-:debe tener algún trastorno del lenguaje.
De un vistazo adiviné lo que pensaban los policías:
¡Qué disparate! -¿Por qué supone eso? ¿Acaso hay visto huellas de un tartamudo
en alguna herida? –preguntó un agente con sorna.
-No- contesté, y procedí a explicarle que el hecho
de que el asesino hubiera atacado furtivamente pese a encontrarse en lugares
solitarios indicaba que tenía un defecto del que se avergonzaba; como los
informes de los testigos no mencionaban nada al respecto, se trataba del algo
que no se notaba a simple vista, sino sólo oyendo hablar al homicida-. Puede
que me equivoque en lo referente a la edad y la inteligencia –agregué-, pero no
me cabe duda de que tiene un defecto que lo avergüenza. Tal vez no sea
trastorno del habla, pero yo creo que sí lo es.
El 29 de marzo de 1981 el asesino volvió a atacar,
esta vez disparando contra una pareja en un parque estatal. Mató a la mujer,
Ellen Marie Hansen, de 20 años, pero sólo hirió a su novio, Steven Haertle, a
quien dio por muerto. Haertle declaró a la policía que el agresor era un hombre
albo calvo, de entre 50 y 60 años, con los dientes disparejos y amarillentos.
Ciertos testimonios relacionaban a un individuo de esas señas con un auto europeo,
quizá un Fiar, rojo y de modelo reciente. El análisis balístico confirmó que en
este crimen se había utilizado la misma arma que en los demás.
Al cabo de un mes, el 2 de mayo, desapareció Heather
Roxanne Scaggs, linda rubia de 20 años que estudiaba en una escuela de artes
gráficas de las cercanías de San Francisco.
Según familiares y amigos suyos, había ido a ver a
David Carpenter, profesor de técnicas industriales de la escuela, para comprar
un automóvil de un amigo de él. Carpenter tenía 50 años y era dueño de un Fiar
rojo.
La policía y la FBI lo sometieron a vigilancia, y el
cerco empezó a estrecharse. Al fin lo aprehendieron, le formaron proceso y el
tribunal lo declaró culpable de los asesinatos y lo condenó a muerte.
Más tarde se averiguó que Carpenter había estado en
la cárcel en 1960 por agredir a una mujer con un puñal y un martillo, delito
que cometió a raíz de que su esposa, con la que estaba mal avenido, diera a
luz.
De niño, Carpenter tuvo que soportar a una madre
dominante y aun padre que lo golpeaba. Padecía enuresis crónica y era cruel con
los animales. También tenía una inteligencia superior al promedio, y los demás
chicos se burlaban de él constantemente…porque era tartamudo.
A LA CAZA DE
UN DINAMITERO
Los investigadores me preguntaron cómo había podido
elaborar una descripción tan precisa. Mi método, les expliqué, consiste en
reunir todas las pruebas disponibles (informes policiales, fotos y
descripciones del lugar de los hechos, así como testimonios de las víctimas o
resultados de las autopsias) y tratar de responder con ellas la incógnita
fundamental: ¿Qué clase de persona puede haberlo hecho?
Por más que un asesino múltiple se empeñe en
despistarnos, siempre dejará, lo que quiera o no, huellas de sus actos. Fue
Sherlock Holmes, el personaje creado por Sir Arthur Conan Doyle, quien dio a
conocer al público lego este principio de la investigación criminológica.
“La peculiaridad es casi siempre una pista”, decía
Colmes. “Cuanto más común y corriente es un crimen, más fácil es resolverlo”.
Dicho de otro modo, de la cantidad de información con que contemos sobre los
actos del malhechor dependerá la exactitud de la descripción que presentemos a
la policía; y cuanto más específica sea la descripción, menor resultará el
número de sospechosos y más fácil dar con el culpable.
Sin embargo, hubo de pasar medio siglo desde que las
observaciones de Holmes se publicaron para que el método de especificación de
la personalidad saliera de las páginas de los libros y se hiciera realidad.
Esto ocurrió a mediados de los años 50, cuando Nueva
Cork padecía los estragos del “Dinamitero Loco”, que en el curso de 15 años
había hecho estallar 30 bombas en distintos sitios públicos de la ciudad. Yo
era entonces un niño y vivía en el distrito de Brooklyn, de modo que lo
recuerdo bien.
La policía, impotente, pidió auxilio a un psiquiatra
del barrio de Greenwich Village, el doctor James Brussel, quien revisó
minuciosamente las fotos de los lugares afectados y las burlonas cartas que el
terrorista enviaba a los periódicos. Por las pautas de conducta que observó,
Bussel, concluyó entre otras cosas, que el criminal era un paranoico que odiaba
a su padre, tenía un apego obsesivo a su madre y vivía en alguna ciudad de
Connecticut.
Al final de la descripción, el experto recomendaba:
“Busquen a un hombre de complexión mediana y edad madura, nacido en el
extranjero. Es católico y soltero, y vive con un hermano o hermana. Lo más
probable es que vaya vestido con un traje de chaqueta cruzada, y que la lleve
abotonada”.
Ciertas alusiones de las cartas hacían suponer que
el dinamitero podía ser un empleado o ex empleado descontento de la compañía
que suministraba energía eléctrica a la ciudad.
Al comparar la descripción preparada por Brussel con
los archivos de personal de le empresa, la policía dio con el nombre de George
Metesky, quien había trabajado allí antes de los atentados y luego se había
mudado a Waterbury, Connecticut.
Cuando fueron a hacer la detención, los agentes se
encontraron, en efecto, con un individuo de edad madura, nacido en el
extranjero, católico, soltero. La única discrepancia con respecto a la
descripción era que vivía con dos hermanas solteras. Los policías le pidieron
que se vistiera para acompañarlos a la comisaría, y al poco rato lo vieron
salir de su habitación con un traje de chaqueta cruzada… Llevaba la chaqueta
abotonada.
El doctor Brussel explicó que el trabajo normal de
un psiquiatra consiste en examinar a un individuo y, partiendo del examen,
inferir cómo se comportará en determinadas situaciones. Para poder llegar a sus
sorprendentes conclusiones, el experto simplemente siguió el procedimiento
inverso: infirió la personalidad del individuo partiendo de las pruebas de sus
actos.
En opinión de los especialistas, quizá el caso del
Dinamitero Loco haya sido fácil de resolver comparado con los que se presentan
hoy en día, pero no por ello deja de se un hito en el desarrollo de las
ciencias de la conducta criminal.
Brussel utilizó lo que en lenguaje común se llama
deducción y, en términos más técnicos, razonamiento inductivo: sacar
conclusiones generales partiendo de datos particulares. En 1970, cuando ingresé
en la Academia Nacional de la FBI, los profesores de la Unidad de Ciencias de
la Conducta comenzaban a enseñar el procedimiento Bussel.
PRUEBA DE FUEGO
En 1979, año en que nuestra labor ya era bien
conocida en los círculos policiales, recibimos unas 50 solicitudes de perfiles
psicológicos de delincuentes. La cifra se duplicó al año siguiente y volvió de
duplicarse en 1981.
Con todo, los directivos de la FBI no estaban
convencidos de que el servicio que prestábamos compensara adecuadamente la
cantidad de dinero y personal que se nos asignaba. La elaboración de perfiles
era todavía una tarea difícil de evaluar, y muchos funcionarios la consideraban
cosa de charlatanes.
Para decidir si el programa debía continuar, la
oficina central distribuyó una encuesta entre los usuarios del servicio.
Investigadores de todo el país enviaron cartas pidiendo encarecidamente a la
FBI que no dejara de preparar los perfiles, pues, según afirmaron, eran muy
útiles para reducir las listas de sospechosos y precisar la dirección de las
pesquisas. Debo aclarar que mis colegas y yo no interveníamos (ni intervenimos
ahora) en la captura de criminales, tarea que corresponde a la policía de cada
lugar.
Lo que hacemos es ayudarles a determinar el rumbo de
sus investigaciones.
Buen empleo de esto fue nuestra participación en el establecimiento
del asesinato de Francine Elveson, crimen brutal y sin sentido perpetrado en
octubre de 1979. El caso aun se estudia en la Academia Nacional de la FBI
porque ilustra bien cómo un perfil elaborado por nosotros ayudó a que la
policía aclarara un suceso misterioso.
Francine Elveson, de 26 años, era maestra de una
guardería de niños minusválidos y tenía la rara virtud de identificarse con
ellos. Tímida y menuda (pesaba 40 kilos y medía 1.50 metros de estatura), vivía
con sus padres en un apartamento del distrito neouorkino del Bronx.
Un día se levantó, como era su costumbre, a las 6:30
de la mañana. A eso de las 8:20, un vecino de 15 años halló la billetera de la
joven en las escaleras. La madre de Francine llamó por teléfono a la guardería
y le dijeron que su hija no se había presentado a trabajar. Alarmada, la señora
se puso a registrar el edificio en compañía de otros vecinos. Al llegar al
rellano de la azotea, se encontraron con un cuadro espeluznante. El cadáver de
Francine yacía en el suelo, desnudo y salvajemente lacerado. En el muslo el
homicida había escrito con pluma: “No podrán detenerme”.
La señora Elveson declaró a la policía que al cuerpo
le faltaba un dije de oro en forma de la palabra hebrea chai, que quiere decir “buena suerte”. Cuando describió la alhaja,
los investigadores advirtieron que el asesino, cumpliendo uno especie de rito,
había colocado el cadáver de manera que imitara dicha forma.
La policía determinó que Francine había sufrido el
ataque cuando iba bajando las escaleras. Luego de golpearla hasta dejarla
inconsciente, el agresor la subió a la azotea y la estranguló con la correa del
bolso de ella. La autopsia reveló que no había habido violación. Puesto que el
cuerpo no presentaba lesiones en las manos ni restos de piel del homicida bajo
las uñas, la joven no había opuesto resistencia.
Por su bestialidad, el crimen despertó un vivo
interés en los medio de comunicación. Un equipo de 26 investigadores interrogó
a más de 2,000 personas, entre sospechosos y posibles testigos, y revisó los
registros de los delincuentes sexuales de la zona metropolitana de Nueva York;
sin embargo, al cabo de varios meses las pesquisas llegaron a un callejón sin
salida, de modo que los investigadores reunieron archivos, informes y fotos y
nos los llevaron a Quantico.
Tras revisar las pruebas e imaginar el crimen
adoptando sucesivamente los puntos de vista de la víctima y del asesino,
preparé un perfil de éste.
Mi primera conclusión fue que el homicidio había
sido impremeditado, pues su autor no llevaba ningún arma, y todos los
instrumentos que utilizó para cometerlo pertenecían a la víctima. Tampoco
estaba acechándola, y de haberlo intentado es probable que no lo hubiera
conseguido, pues, según revelaron los Elveson, su hija usaba indistintamente
las escaleras y el asensor.
Esto me llevó a suponer que la presencia del
homicida en el edificio era una coincidencia. Tal vez allí vivía, o al menos
conocía el lugar y, puesto que los vecinos no habían notado nada fuera de lo
común, también ellos lo conocían; incluso Francine, que no había gritado ni
había forcejeado con él.
Otros detalles me permitieron formarme una idea aun
más precisa del culpable. El hecho de que se iba a trabajar quizá precisa del
culpable. El hecho de que iba a trabajar quizá indicara que no tenía empleo
bien remunerado y, por lo mismo, que el dinero no le alcanzaba para vivir solo
ni para compartir el alquiler de una
vivienda con una persona ajena a su familia. Así pues, quizá vivía con sus
padres o, más probablemente, con uno solo de ellos o con alguna parienta mayor
que él.
Las atrocidades que cometió con el cuerpo de
Francine eran claro indicio de graves perturbaciones mentales. Era muy posible
que alguna vez hubiera intentado suicidarse, quizá por estrangulación, su
método para matar. Me atrevía a suponer que estaba o había estado internado en
una institución psiquiátrica y que aquél era su primer asesinato, aunque, si no
lo atrapaban y las circunstancias lo favorecían, no sería el último. Como lo
más probable era que viviera en el barrio, les dije a los investigadores que no
andaba lejos y que sin duda ya lo habían interrogado.
Luego de leer el perfil que preparé, la policía
redujo su larga lista de sospechosos a sólo 22 individuos, y finalmente dio con
uno que encajaba notablemente con la descripción: un actor desempleado de
nombre Carmine Calabro.
El individuo, de 30 años, vivía por temporadas con
su padre viudo en el mismo edificio y en el mismo piso de los Elveson. Cuando
la policía registró su dormitorio, encontró una extensa colección de
pornografía sadomasoquista. Se supo también que Calabro había intentado
suicidarse varias veces, una por ahorcamiento y otras por asfixia, antes y
después de matar a Francine.
La policía lo había descartado porque tenía una
coartada: su padre había declarado a los agentes que el día del asesinato su
hijo esta internado en un hospital psiquiátrico de la ciudad, recibiendo
tratamiento para la depresión.
Sin embargo, cuando se verificó la coartada, se supo
que la vigilancia del hospital había fallado y que el enfermo se había
ausentado sin permiso la víspera del asesinato.
La policía lo detuvo en seguida y le tomó una
impresión dental, la cual coincidió exactamente, según los peritos dentistas,
con las mordeduras que presentaba el cuerpo de Francine. Esta prueba resultó
decisiva para declarar a Calabro culpable del asesinato e imponerle una pena de
entre 25 años de cárcel y cadena perpetua.
EL TALÓN DE
AQUILES
Aunque tardé algún tiempo en averiguarlo, hasta los
criminales más astutos y refinados tienen su punto flaco. Por inteligentes que
sean y enterados que estén de nuestros procedimientos, siempre hay modo de
echarles el guante; sólo es cuestión de discurrir cómo.
Un día, al conversar con Gary Trapnell, célebre
atracador y pirata aéreo que pagaba sus delitos en una prisión federal en
Marion, Illinois, comprendí que era tan inteligente y perspicaz como cualquiera
de los criminales a los que yo había estudiado. Se consideraba tan astuto que
según aseveró, de no estar encerrado sería capaz de burlar la acción de la
justicia.
-No podrían pescarme- dijo. –De acuerdo- le
contesté.
-Supongamos que estás en libertad. Eres bastante
listo para saber que tienes que evitar cualquier contacto con tu familia y
mantenerte apartado de la policía federal. Pero los dos sabemos que tu padre
era un militar de alto rango, condecorado; tú lo querías y lo respetabas, y
comenzaste a delinquir cuando él murió. –Al ver que aguzaba las orejas, supe
que no andaba yo desencaminado. –Tu padre está enterrado en el Cementerio
Nacional de Arlington. ¿Qué pasaría si yo apostara unos agentes cerca de su
tumba en la temporada de Navidad, en la fecha de su cumpleaños y en el
aniversario de su muerte? –Me atraparían- aceptó al fin Trapnell, sin poder
reprimir una amarga sonrisa.
Esta entrevista me fue de gran utilidad cuando, años
después, me llamaron a Georgia para que ayudara a resolver un crimen. Una
tarde, Mary Frances Stoner, bonita y sociable niña de 12 años, desapareció
luego de que el autobús escolar la dejó frente a su casa. Más tarde, una pareja
que paseaba por un sitio solitario y arbolado, a unos 15 kilómetros de
distancia, distinguió en la espesura algo de color amarillo vivo: era el abrigo
de la niña, y estaba cubriendo la cabeza de su cuerpo sin vida. La autopsia
reveló que la habían violado y que la causa de la muerte había sido un golpe en
la cabeza con una piedra.
Tras estudiar la documentación y las fotos del caso,
concluí que se trataba de una violación improvisada, y que el homicidio no
había sido, pues, intencional. Como Mary Frances era amistosa y confiada, el
violador probablemente la atrajo primero a su coche y luego se la llevó por la
fuerza. A juzgar por la lejanía del boscaje donde dejó el cuerpo, estaba
familiarizado con la zona; no me parecía que conociera bien a la niña, pero sí
lo suficiente para que ella se le acercara.
Perpetró el crimen con suma meticulosidad, y el hecho
de que hubiera cubierto la cabeza de la víctima con el abrigo daba a entender
que se enorgullecía de lo que había hecho.
Por otra parte, la policía debía actuar contra
reloj.
Como se trataba de un individuo metódico, cuanto más
tiempo tuviera para reflexionar, más probable sería que se justificara culpando
a la víctima, y más trabajo costaría sacarle una confesión. Además, en cuanto
calculara que ya no despertaría sospechas, se mudaría de ciudad y pondría en
peligro la vida de otra niña.
Puesto que a todas luces era vecino del barrio, casi
no cabía duda de que ya lo habían interrogado. Según expuse a la policía, era
un individuo entre 25 y 30 años de edad, con dificultades conyugales y
antecedentes penales. Yo sabía por experiencia que la gente ordenada y
compulsiva prefiere los coches oscuros, así que él quizá tuviera uno de color
azul marino o negro, y muy bien cuidado.
-Esa descripción coincide perfectamente con un
sujeto al que habíamos descartado- me dijo un agente.
Se trataba de Darrell Gene Devier, joven de 24 años,
casado y divorciado dos veces, era sospechoso en otro caso de violación y tenía
un Ford Pinto negro de hacía tres años y en buen estado.
Unas dos semanas antes de la desaparición de Mary
Frances, Devier, empleado de la compañía de energía eléctrica había podado los
árboles de la calle donde vivían los Stoner, y la policía ya lo había
interrogado con el detector de mentiras, pero la prueba no fue concluyente.
-Ahora que sabe que puede falsear el resultado, sólo
podrán atraparlo si simulan otro interrogatorio- les expliqué a los agentes-.
En primer lugar, cítenlo de noche; él se sentirá más tranquilo sabiendo que no
lo exhibirán como trofeo ante los medios de comunicación.
El hecho de que lo hicieran comparecer a deshoras
también le haría ver la seriedad y la determinación de la policía.
-Debe haber agentes tanto de la policía local como
de la oficina de la FBI en Atlanta- agregué –Así entenderá que tiene encima
todo el peso de la ley.
“En segundo lugar, dejen el cuarto a media luz para
crear un ambiente misterioso. Coloquen rimeros de carpetas con su nombre a ojos
vistas, y lo más importante: pongan la piedra ensangrentada sobre una mesa,
ligeramente fuera de su campo visual, de modo que tenga que volver la cabeza
para mirarla”.
“No le digan ni una palabra sobre la piedra, pero
obsérvenlo con atención: si es culpable, no podrá hacer como que no la ve”.
Basado en todos los casos que yo había estudiado,
sabía que es muy difícil matar con un arma contundente sin mancharse con la
sangre de la víctima.
-Si se pone nervioso- concluí, mírenlo a los ojos y
díganle que lo más perturbador del caso es que la sangre de Mary lo salpicó.
Los agentes siguieron mis recomendaciones al pie de
la letra. En cuanto Devier entró en el cuarto de interrogatorio, miró la piedra
y comenzó a sudar y a jadear. Al declarar, vaciló y se puso a la defensiva y,
cuando le mencionaron la sangre, se alteró ostensiblemente. Al final confesó no
sólo la muerte de Mary Frances, sino otra violación.
Un tribunal lo declaró culpable de la violación y el
asesinato de Mary Frances Stoner y lo sentenció a la muerte.
El 17 de mayo de 1995, a casi 16 años de su
aprehensión, Devier fue ejecutado en la silla eléctrica; no pude menos de
pensar que habían pasado casi cuatro años más de los que Mary Frances Stoner
había vivido.
El interrogatorio de Devier demostró una verdad
elemental: nadie es invulnerable; todo el mundo tiene su talón de Aquiles.
LOS ASESINATOS
DE ATLANTA
Acaso el mayor reto al que me he enfrentado en mi
carreta de psicólogo haya sido el caso de un homicida múltiple en Atlanta. En
el verano de 1979 comenzaron a desaparecer adolescentes negros de esa ciudad,
casi todos varones, a un ritmo alarmante, y más tarde se encontraban
asesinados. La situación, que habría de persistir un año y medio se tornó tan
crítica que el alcalde, Maynard Jackson, pidió a la Casa Blanca que la FBI
realizara una investigación a fondo. Cuando llegué a la ciudad habían muerto 16
muchachos. Me acompañaba Roy Hazelwood, agente especial que se ocupaba de la
mayoría de los casos de violación que atendíamos en la Unidad de Ciencias de la
Conducta. Nuestro objetivo principal era averiguar si todos los asesinatos
tenían relación.
Después de revisar un gran número de informes,
interrogar a los familiares de los chicos y visitar los lugares de los hechos,
Roy y yo, cada uno por su lado, sacamos conclusiones casi idénticas: primero,
aunque todas las víctimas eran negras, no creíamos que los crímenes estuvieran
motivadas por el racismo; segundo no nos cabía duda de que el asesino era
negro, y tercero, muchas muertes y desapariciones estaban relacionadas, pero no
todas.
Descartamos el móvil del racismo porque no se
trataba de actos públicos pensados para intimidar, como los linchamientos.
Además, los cadáveres se habían encontrado en barrios de población
mayoritariamente negra, donde un blanco no habría podido merodear sin que lo
vieran.
Aunque cabía la posibilidad de que hubiera más de un
homicida, creíamos que la mayoría de las muertes se debían al mismo individuo,
quien no pararía hasta que lo encontraran.
De acuerdo con el perfil que preparamos, se trataba
de un hombre negro, soltero, de entre 25 y 29 años. Además, yo suponía que era
un admirado de lo policial, que tenía un auto como los de la corporación y un
perro policía (pastor alemán o doberman), y que en algún momento trataría de
inmiscuirse en las pesquisas, lo creía porque, en mi opinión, era un sujeto que
se sabía inadaptado y se intimidaba ante la autoridad. Para resarcirse, era
probable que quisiera ser policía pero naturalmente no estaba a la altura de la
responsabilidad.
Lo que no preví es que reaccionaría con tanta
arrogancia a ciertas noticias de la prensa: luego de que fracasara la búsqueda
de un cadáver a la que se dio mucha publicidad, el asesino dejó a su siguiente
víctima en mitad del camino, a la vista de todo el mundo. Se salió de su
proceder habitual con tal de mostrar su desprecio por la prensa, la policía y
el público.
En febrero de 1981, el revuelo de los medios de
comunicación era incontenible. Por entonces, cuando un médico forense anunció
que el pelo y las fibras textiles encontrados en el cadáver más reciente
coincidían con los hallados en otras cinco víctimas, yo ya tenía la certeza de
que éstas habían sido asesinadas por la misma persona.
Al ver la alta difusión que se dio al anuncio,
adiviné lo que iba a ocurrir. “Empezará a echar los cadáveres en los ríos para
deshacerse de las pruebas”, pensé. Insté a la policía a que vigilara ríos y
canales, pero a la hora en que se terminó de organizar una operación conjunta
con la FBI, se hallaron tres cuerpos más en el agua o en sus inmediaciones.
Una vez que todas las brigadas de vigilancia
ocuparon sus puestos, ya no sucedió nada. Al cabo de dos infructuosas semanas,
las autoridades decidieron que la operación vigilancia se suspendería el 22 de
mayo a las 6 de la mañana.
Ese día, en eso de las 2:30 de la madrugada, un
policía novato que hacía su última ronda vio que un vehículo se detenía en
mitad de un puente. –¡Han tirado algo pesado al agua!- anunció con nerviosismo
por su transmisor de radio.
El vehículo detenido era una camioneta Chevy modelo
1970, y el conductor, un hombre negro de 23 años, de corta estatura, llamado
Wayne Bertram Williams. Explicó amablemente que era promotor musical y que vivía
con sus padres. No había suficientes pruebas para aprehenderlo y obtener una
orden judicial de registro, pero quedó sometido a vigilancia. Dos días después,
el cadáver de un hombre de 27 años salió a flote río debajo de donde estaba el
puente.
Wayne Williams se ajustaba en todos los aspectos al
perfil que habíamos elaborado, entre ellos el hecho de que tenía un pastor
alemán. Admiraba a la policía, y hacía unos años lo habían detenido por hacerse
pasar por agente. Más tarde consiguió un vehículo policiaco y, captando por
radio los mensajes de la policía, acudía a sacar fotos a los lugares donde se
cometían delitos.
Cuando la policía comenzó a seguirle los pasos,
Williams no tardó en notarlo y se dedicó a sembrar pistas falsas por toda la
ciudad. Las autoridades no actuaron hasta que lo vieron quemando fotografías y
haciendo limpieza en su camioneta. Entonces la FBI lo citó para interrogarlo,
pero no pudo sacarle ninguna confesión. Supuse que el interrogatorio no se
había planeado como es debido.
Finalmente, la policía obtuvo una orden de registro.
Aunque Williams había lavado la camioneta, los
investigadores encontraron pelo y fibras textiles que lo implicaban en 12 de
los asesinatos, precisamente los que yo consideraba obra del mismo individuo.
El laboratorio Criminológico Estatal de Georgia corroboró la coincidencia de
algunas fibras con la ropa de varias víctimas.
Por fin, el 21 de junio, Williams fue aprehendido
por el último homicidio en tanto la investigación de las otras muertes
proseguía. Yo estaba dando una conferencia en Virginia cuando se dio la noticia
del arresto múltiple, era “muy posible que fuera el autor de una buena parte de
los crímenes”.
Yo ignoraba que el hombre que me hizo la pregunta
era reportero, y mi declaración apareció en un periódico del lugar sin
importante frase condicional. Al día siguiente, todos los noticiarios de
televisión y los periódicos más importantes me citaban erróneamente. Un diario
de Atlanta publicó este encabezado: “Williams podría ser un asesino múltiple,
afirma agente de la FBI”.
Los funcionarios de la oficina central estaban
furiosos.
Como al parecer había yo emitido un veredicto de
culpabilidad cuando apenas iba a comenzar el proceso, pendía sobre mí la
amenaza de una amonestación.
Comparecí ante la Oficina de Responsabilidad
Profesional de la FBI y tuve que explicar por escrito las declaraciones que me
atribuían los diarios, una por una. Al cabo de varios días, recibí una carta de
amonestación y otra de aliento.
Después de haberme entregado a la oficina en cuerpo
y alma, a costa de mi familia, estaba en riesgo de perder mi empleo.
Acabábamos de apuntarnos un triunfo en un asunto del
que estaba pendiente toda la nación, incluido el presidente, y así me lo
agradecían. Con lágrimas en los ojos, les dije a dos colegas que el desgaste
emocional de aquel trabajo ya no valía la pena.
Entonces recibí la carta de aliento; era de mi
padre, Jack, y en ella me contaba de la ocasión en que lo despidieron de su
empleo de impresor en un periódico de Brooklyn. También él se había entristecido
y sentido que perdía las riendas de su vida, pero con el tiempo aprendió a
afrontar con entereza lo que el destino le iba deparando.
La carta me acompañó a todas partes durante largo
tiempo, y me animó a decidir que, por enfadado que estuviera, no renunciaría a
mi cargo. El trabajo me importaba mucho. El proceso de Wayne Williams ya estaba
próximo, y la fiscalía contaba con mi consejo.
EL PROCESO
La acción judicial en contra de Wayne Williams
comenzó en enero de 1982, tras los seis días que duró la elección del jurado,
el cual quedó compuesto por nueve mujeres y tres hombres en su mayoría negros.
Aunque mis colegas y yo considerábamos a Williams culpable de al menos 12 de
los asesinatos, el fiscal de distrito decidió imputarle sólo dos.
En mi calidad de asesor del fiscal, mi sitio estaba
inmediatamente detrás de la parte acusadora, cuya principal dificultad, según
observé, era el hecho de que Williams no parecía asesino. Tenía un aire
apacible y cordial, una manera correcta de expresarse, lentes gruesos, rasgos
suaves y manos delicadas, todo lo cual le daba más bien aspecto de querubín.
Para congraciarse con el tribunal había hecho
publicar declaraciones en las que sostenía su inocencia y afirmaba que lo
habían aprehendido sólo por racismo.
La fiscalía también temía que el acusado no
estuviera dispuesto a testificar, pero yo no era de la misma opinión. A juzgar
por su arrogancia y sus declaraciones, se creía capaz de manipular el proceso.
El alegato de la fiscalía se basó en unas 700
muestras de pelo y fibras de textiles escrupulosamente analizadas, que
señalaban a Williams como victimario de 12 personas. En los procesos 12
cadáveres se habían hallado fibras del cubrecama del reo, de su camioneta y de
las alfombras de su casa. Aunque sólo se le imputaban dos homicidios, la ley de
procedimientos penales de Georgia permitía al Estado mencionar casos
relacionados.
Otra dificultad consistía en que el alegato del
fiscal era carácter técnico y se apoyaba en complicadísimos testimonios sobre
la forma en que se tuercen los hilos de las alfombras. Cuando le llegó a la
defensa el turno de rebatir tan contundentes pruebas, echó mano de un
carismático abogado que se parecía al presidente Kennedy y que no dejaba de
sonreírle al jurado. Por la tarde, su total desconocimiento del asunto y lo
poco convincente de su discurso suscitó risas entre los integrantes de la
fiscalía. –¿Qué opinas tú de todo esto John? –me preguntaron. –Creo que ustedes
están perdiendo el proceso –respondí, basado en mi observación del jurado-. El
tribunal le ha creído al defensor.
Esto era lo que menos esperaban oir, pero se
quedaron aun más sorprendidos cuando Williams decidió de improviso tomar la
palabra, como yo había predicho.
Pos espacio de dos días el defensor, Al Binder,
siguió sosteniendo que Williams era víctima de un sistema judicial ineficiente
y racista que necesitaba un chivo expiatorio a todo trance. –¡Mírenlo!- dijo
Binder al jurado-: ¿Acaso parece un asesino múltiple? Ponte de pie, Wayne, y
extiende las manos. Fíjense en su delicadeza. ¿Creen ustedes que este hombre
sería capaz de estrangular?
Wayne desempeñó el papel muy bien y resultó de lo
más creíble.
Así pues, la mayor duda de la fiscalía era de qué
manera lo interrogaría. Gracias a mi método de adoptar puntos de vista ajenos,
yo sabía por instinto cómo hacerlo, aun sin haber recibido instrucción
procesal. –Hay que mantenerlo en el estrado hasta que reviente- le dije al
fiscal de destrito adjunto, Jack Mallard-. Es un tipo rígido y reprimido que no
resistirá mucha presión. Interrógalo sobre todos los aspectos de su vida,
incluso sobre cosas que no parezcan pertinentes al proceso; por ejemplo, a qué
escuela asistió.
“Una vez que lo hayas cansado, acércate a él, invade
su territorio y tócalo como hizo Al Binder. Cógelo desprevenido y, sin dar
tiempo a que la defensa pueda objetar, pregúntale en voz baja si sintió pánico
cuando mató a esos chicos”.
Al principio del interrogatorio, Mallard hizo caer a
Williams en varias contradicciones notorias, aunque sin sacarlo de tino. Pero
al cabo de varias horas, en el momento más oportuno, lo tomó del brazo y en voz
baja, con el melodioso acento de la región, le preguntó: -¿Qué sentiste al
sujetar a tu víctima por el cuello? ¿Te horrorizaste?-
-No- respondió el reo con voz casi inaudible. En
seguida se dio cuenta de lo había hecho y tuvo un arrebato de ira. Me señaló
con el dedo y gritó: -¡Usted pretende hacerme coincidir con ese perfil de la
FBI, pero yo no voy a ayudarlo!. Mientras vociferaba, llamado “gorilas” a los
agentes de la FBI e “ineptos” a los fiscales, sus defensores se levantaron de
un salto para expresar objeciones.
Ese fue el momento decisivo del juicio. Los jurados
estaban boquiabiertos: era la primera vez que veían la otra cara de Williams y
presenciaban la violencia de que era capaz.
El 27 de febrero de 1982, luego de 11 horas de
deliberación, lo declararon culpable de ambos asesinatos.
Actualmente está purgando las dos condenas de cadena
perpetua que le impuso el juez.
AMENAZAS DE
MUERTE
El caso de Williams fue de gran importancia para la
Unidad de Ciencias de la Conducta. Con él demostramos el valor de nuestro
método y obtuvimos reconocimiento mundial, pero, sobre todo, ayudamos a poner a
otro criminal tras las rejas.
En consecuencia, recibimos un aluvión de peticiones
de perfiles venido de todo Estados Unidos y de muchos otros países. Las
policías urbanas y de caminos, las oficinas regionales de la FBI y los
organismos estatales solicitaban nuestros servicios para resolver no sólo
homicidios y violaciones, sino casos de secuestro, extorsión, suicidio y abuso
sexual de menores.
El viernes 16 de abril de 1982, unos agentes del
Servicio Secreto de Estados Unidos me llevaron varias cartas en las que se
amenazaba de muerte al presidente Ronald Reagan. Dos de ellas se habían recibido
en el Servicio Secreto en Nueva Cork, una en la oficina de la FBI de la misma
ciudad de Washington; una más en el periódico Daily News de Filadelfia y dos en
la misma Casa Blanca, entre los meses de julio de 1981 y febrero de 1982.
Todas llevaban la firma “C.A.T.” y se habían
depositado en el correo en alguna de estas tres ciudades.
El autor llamaba al presidente “el mal de Dios” y
“el diablo”, y le anunciaba que llevaría a cabo el proyecto de John Hinckley,
quien había atentado contra su vida. Otros políticos, partidarios de Reagan,
recibieron amenazas semejantes.
Por el lenguaje de las cartas, los lugares de donde
se habían enviado y sus destinatarios, supone que el remitente era neoyorkino.
Según el perfil que preparé, era un hombre blanco, soltero, de entre 25 y 30
años, nacido en Nueva Cork y radicado en las afueras de la ciudad.
Probablemente se sentía fracasado, quizá porque no había podido realizar los
sueños que para él tenían sus padres o alguien más. El factor que lo había
decidido a lanzar sus amenazas podía ser el servicio militar, un divorcio, una
enfermedad o la pérdida de un ser querido.
Lo más importante para el Servicio Secreto era
confirmar si el autor de las cartas representaba un peligro real; en mi
opinión, sí era. Expliqué a los agentes que se trataba de esa clase de sujeto
que siempre anda en busca de algo que le de sentido a su vida. Sin duda ésta
era la primera vez que se sentía dueño de la situación, experiencia agradable
que lo impulsaría a correr más riesgos. Y la gente que corre riesgos es
peligrosa.
Deduje que el individuo prefería atacar a
quemarropa, aunque con ello perdiera la ocasión de escapar. Dada la posibilidad
de que su misión fuera suicida, quizá estuviera escribiendo un diario para la
posteridad, para dar a conocer su historia al mundo. En éste y en otros
aspectos se parecía a John Hinckley.
La coyuntura que esperábamos se presentó con el
decimocuarto anónimo, dirigido al editor del Post de Nueva York, y en el que
C.A.T. prometía una entrevista al periódico una vez que hubiese cumplido su
histórica misión. Ya que se mostraba tan ansioso de dialogar con un editor,
decidimos proporcionárselo.
Preparamos a un agente del Servicio Secreto para que
se hiciera pasar por el editor del Post, después insertamos en el diario un anuncio
cuidadosamente redactado y nos pusimos a esperar.
El sujeto se tragó el anzuelo. Comenzó a telefonear
al agente con regularidad, aunque cortaba antes de que se pudiera rastrear la
procedencia de la llamada. Yo tenía la impresión de que se comunicaba desde
algún edificio público grande, como una estación importante del metro, un museo
o una biblioteca.
Finalmente nos ganamos su confianza y lo mantuvimos
al teléfono el tiempo suficiente para averiguar el número. El 21 de octubre de
1982, un grupo de agentes del Servicio Secreto y de la FBI lo atraparon
mientras llamaba desde una cabina telefónica en una estación del metro. Su
nombre era Alphonse Amodio, neoyorkino de 27 años que sólo había terminado la
enseñanza media.
Los agentes fueron al estrecho apartamento, plagado
de cucarachas, donde vivía con su familia, en una zona suburbana. –Odia al
mundo y cree que el mundo lo odia a él- comentó su madre, en evidente acuerdo
con la descripción que habíamos preparado.
Hacía años que su hijo recortaba artículos de los
periódicos, y había llenado dos archivadores de carpetas etiquetadas con los
nombres de diversos políticos.
Cuando era pequeño tartamudeaba mucho; tanto, que
entró con retraso a la escuela. De adolescente se enroló en el ejército, pero
desertó tras completar el adiestramiento básico. Llevaba un diario en el que
refería a sí mismo como un “gato de callejón”; de ahí probablemente el
seudónimo C.A.T. (gato, en inglés).
Un trabajador social psiquiátrico dictaminó que
Amodio padecía graves perturbaciones emocionales y podía, en efecto, atentar
contra la vida del Presidente y otros funcionarios del gobierno, por lo que fue
enviado al reclusorio psiquiátrico del Hospital Bellevue de Nueva York.
Aunque confesó ser el autor de las amenazas, los
agentes que lo interrogaron no descubrieron ningún móvil político. Lo había
hecho sólo por llamar la atención.
Hoy en día está en libertad. ¿Sigue siendo
peligroso? no lo creo, pero puede serlo otra vez si vuelve a tener dificultades
a las que no pueda hacer frente.
PRESENTIMIENTO
DE MUERTE
Corría el mes de noviembre de 1983 y estaba yo dando
una conferencia ante la policía en Nueva York cuando, de pronto, la cabeza
comenzó a darme vueltas. Algo andaba muy mal. Seguí hablando, aunque estaba
bañado en sudor frío y me sentía invadido de angustia.
Una obsesión me rondaba la mente: si llegaba a
equivocarme en algún caso, podía desviar la investigación y causar víctimas.
Tenía mis motivos de preocupación. En ese entonces
estaba encargado yo solo de unos 150 casos, y todos los días recibía nuevas
solicitudes de perfiles de de delincuentes. La policía de Quantico,
sobrecargada de trabajo, ejercía una presión abrumadora sobre mí. Mis colegas
de la Unidad de Ciencias de la Conducta me gastaban bromas por el hecho de que
no fuera capaz de rechazar nuevos casos.
Andaba de viaje 125 días al año estaba exhausto y
bebía más de lo debido para aguantar la presión. Además, padecía de insomnio, y
cuando lograba dormirme era para soñar con el caso que me ocupaba en ese
momento.
Todo ello comenzaba a repercutir en mi vida
personal.
Tenía dificultades con Pam porque, debido a mis
ausencias constantes, ella debía encargarse sola de criar a nuestros hijos y de
los quehaceres domésticos.
Para colmo, no me era fácil hablar con nadie, ni
siquiera con ella, de lo que hacía como funcionario de policía. No se puede
mencionar el trabajo en casa cuando éste consiste en pasarse el día examinando
cadáveres mutilados, a veces de niños.
Me sentía desolado, pero hice un esfuerzo para
seguir hablando. Como había dado esa conferencia centenares de veces, podía
hacerlo casi automáticamente. No creo que el auditorio se haya percatado de que
algo andaba mal.
Con todo, ya de regrese en Quantico no podía
ahuyentar el presentimiento de que iba a ocurrirme algo espantoso. Fui al
departamento de personal de la oficina y contraté un seguro adicional para el
caso de que quedara inválido o muriera.
Una semana después tuve que volar a Seattle para
ayudar a esclarecer otro caso de asesinatos en serie. Cuando iba al aeropuerto,
algo me hizo pasar por la escuela donde trabajaba Pam (daba clases de lectura a
niños de lento aprendizaje) y contarle lo del seguro extra. -¿Por qué me lo
dices? –me preguntó, preocupada. –Sólo quiero que estés al tanto de todos antes
de que me vaya. –Tienes los ojos rojos y la mirada extraña-. Y me dolía
atrozmente la cabeza.
El primer día de mi estancia en Seattle, un
miércoles, dediqué toda la mañana a asesorar a la policía y la tarde a visitar
los lugares donde se habían hallado los cuerpos. Por la noche seguía doliéndome
la cabeza y, pensando que me iba a dar gripe, les pedí a dos colegas que me
suplieran al día siguiente. Cuando me senté en la cama del hotel para
desvestirme, perdí el conocimiento.
Mis suplentes trabajaron todo el jueves y, como les había
pedido, me dejaron dormir el día entero, pero el viernes, al ver que no me
presentaba a desayunar, telefonearon a mi habitación y llamaron a la puerta, en
vano.
Alarmados, hicieron abrir la puerta con una llave
maestra; la cadena de seguridad estaba echada, pero alcanzaron a oír que yo
emitía débiles gemidos.
Los agentes irrumpieron en el cuarto arrojándose
contra la puerta y me encontraron tendido en el suelo, convulsionado. El hotel
llamó una ambulancia, y ellos se quedaron pegados al teléfono informando de mis
signos vitales al personal de la sala de urgencias. Tenía paralizada la mitad
izquierda de mi cuerpo, una fiebre de más de 41.5 grados C. Y un pulso de 220
latidos por minuto.
Como las convulsiones persistieron el la ambulancia,
en cuanto llegamos al hospital me cubrieron de hielo y empezaron a
administrarme grandes dosis de fenobarbital por vía intravenosa. Una tomografía
reveló que la altísima fiebre me había causado una hemorragia cerebral en el
hemisferio derecho. –El cerebro no resistió tan alta temperatura –explicó el
médico a mis compañeros-. Aunque tratemos de impedirlo, es probable que su
amigo muera.
Era el 2 de diciembre de 1983, y el nuevo seguro
estaba vigente desde el día anterior.
Pam y mi padre tomaron el primer avión para ir a verme,
y me encontraron en estado de coma, con un respirador y una sonda nasogástrica.
Los médicos hicieron ver a mi mujer que estaba yo en peligro de muerte y que,
en caso de que viviera, podía quedar como vegetal. La familia hizo preparativos
para, llegada la hora, trasladar mis restos a Quantico y enterrarlos en el
cementerio militar de la ciudad.
Hacia el final de la primera semana, Pam, mi padre,
algunos agentes de la FBI y un sacerdote se reunieron a mi alrededor, me
tomaron de las manos y rezaron por mí. Entrada la noche, desperté del coma.
No sabía dónde estaba, y me sorprendió ver a Pam y a
papá. Seguía hemipléjico, y la garganta me dolía por los tubos que tenía
insertos. Luego de someterme a varias tomografías y exámenes de líquido
cefalorraquídeo, los médicos emitieron al fin un diagnóstico preciso:
encefalitis viral complicada por el estrés y mi estado general de salud me
había salvado de milagro.
La recuperación fue larga y difícil. No podía hablar
bien ni caminar, y se me olvidaban las cosas. Cuando Williams Webster director
de la FBI, telefoneó para darme ánimos, le expresé mis temores de no recuperar
la condición física necesaria para el trabajo policiaco. El repuso: -No te dije
que ese aspecto tampoco parecía encontrarme bien.
Por fin dos días antes de la navidad, volví a casa.
Había bajado 16 kilos de peso. Comencé a caminar con
bastante dificultad y aún sufría amnesia. Dudaba que pudiera volver a trabajar.
Un día, al mes de haber vuelto a casa, me puse a
quemar la hojarasca en el patio y de pronto se me ocurrió entrar en casa,
juntar todos los perfiles que había elaborado, los artículos que había escrito
y la documentación de los casos en que había trabajado, y echarlos al fuego.
Fue un alivio deshacerme de ellos.
En abril de 1984, cuatro meses después del ataque,
volví por primera vez a Quantico para hablar ante unos 150 psicólogos
criminólogos provenientes de oficinas de la FBI de todo el país. Iba en
pantuflas porque tenía los pies hinchados debido a unos coágulos. Cuando entré
en la sala de conferencias, arrastrando los pies, los agentes me recibieron con
un aplauso que me conmovió por espontáneo y auténtico.
Al cabo de un mes volví a trabajar jornadas
normales.
UN ARMA NUEVA
El trabajo siguió siendo intenso, pero
satisfactorio, pues cada vez tenía mayor aceptación procesal. En el juicio
contra Wayne Williams, en 1982, no me habían permitido testificar porque los
tribunales aún no reconocían la validez de nuestros perfiles, pero a fines de
los años 80 perfeccionamos a tal grado nuestras técnicas que se volvió habitual
que nos llamaran a declarar.
En 1990 me ascendieron a Jefe de la Unidad de
Ciencias de Conducta, y mi primer acto oficial fue cambiarle el nombre por el
de Unidad de apoyo a la Investigación.
Su personal, que a principios de los años 80 era yo solo, creció a diez
agentes, y bajo mi dirección llegó a ser de 40. En 1992 terminamos nuestro
largamente preparado Crime
Classification Manual (“Manual de clasificación de crímenes), el primer
catálogo de rasgos de conducta criminal y un arma nueva para los que combatimos
la delincuencia.
Desde 1995, año en que me jubilé he vuelto a
Quantico a enseñar y asesorar, y sigo dictando conferencias por todo el mundo.
A menudo me preguntan qué puede hacerse para abatir los espantosos índices de
criminalidad de nuestros días, pero la experiencia me ha hecho perder la
esperanza en la rehabilitación de ciertos delincuentes.
Recuerdo cuando, en 1989, los actores de El Silencio de los Inocentes fueron a
Quantico a prepararse para el rodaje de la película. Scott Glenn haría el papel
de Jack Crawford (agente especial que, según dicen, está inspirado en mí), y
fue a verme para pedirme antecedentes. Le mostré las macabras fotografías con
las que trabajamos a diario y lo puse a escuchar una grabación magnetofónica
hecha por dos asesinos mientras torturaban y mataban a dos muchachas.
Glenn era un tipo muy liberal, que creía en la
bondad esencial del ser humano y en la rehabilitación de los delincuentes, pero
tenía dos hijas, y al oír la grabación se echó a llorar. –No sabía que hubiera
gente capaz de estas atrocidades –dijo-. Y no puedo seguir oponiéndome a la
pena de muerte.
Otros comparten su opinión. El doctor Park Dietz,
psiquiatra forense que a menudo colabora con nosotros, ha dicho: “A ninguno de
los asesinos múltiples a los que he tratado se le ha declarado legalmente loco,
pero tampoco normal. Todos tenían perturbaciones mentales. Sin embargo, al
matar sabían que lo hacían, sabían que estaba mal, y aun así lo hicieron”.
A mí la experiencia me ha enseñado que la existencia
de trastornos mentales no es razón para eximir a un criminal de su
responsabilidad. A menos que esté totalmente fuera de la realidad y no
comprenda las consecuencias de sus actos, es responsable de ellos.
No puedo hablar por la FBI, el Departamento de
Justicia ni nadie más, pero a título personal prefiero mucho cargar con la
culpa de recluir a un asesino que podría no reincidir, que con la de permitir
la muerte de otro inocente por hacerlo dejado en libertad
Mi colega Gregg McCrary tuvo durante años, clavada
en la pared de su oficina, la caricatura de un dragón con llameante aliento
pisoteando a un caballero postrado. La leyenda decía: “A veces gana el dragón”.
Esta es una verdad que no excluye a ningún
funcionario de policía. No atrapamos a todos los criminales, y como aquellos a
los que sí capturamos ya han matado, violado o torturado, no atrapamos a tiempo
a ninguno.
Por suerte, no siempre gana el dragón. Y seguiremos
haciendo lo posible para que gane cada vez menos.
Buenas Tardes profesor soy caroline Batista grupo 1 coordinadora que desea usted que hagamos para cada reporte. ¿usted desea un resumen en cada reporte según nuestra palabras?.
ResponderEliminarBuenos días estudiante BATISTA. En la sección EQUIPOS DE TRABAJO están las directrices que usted pregunta. Acertó al decir que cada EQUIPO debe expresarse con sus propias palabras. Aclaro que NO es un resumen. Del material leído deben identificar lo más importante que se relacione con los temas que están en las secciones: CONCEPTOS JURÍDICOS BÁSICOS / EL INFORME Y EL REPORTE O INFORME FORENSE / GUÍA PARA INVESTIGACIÓN DE DELITOS. En la redacción se deben aplicar o emplear la teoría suministrada o cualquiera que ustedes obtengan de otra fuente de información, conceptos o disposiciones que tengan relación con el tema de investigación. Reitero que las indicaciones ya fueron expuestas en la sección EQUIPOS DE TRABAJO.
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